
Provenientes de las tierras nórdicas, los berserkers eran unos guerreros vikingos excepcionales. Semidesnudos, a veces sólo con una capa de piel de oso, se lanzaban a la batalla sedientos de sangre. Su objetivo era atemorizar al ejército enemigo y, qué decir, lo hacían bastante bien.
La verdad es que estos fanáticos de Odín, antes de luchar, se drogaban con setas alucinógenas, lo que hacía que no sintieran ningún dolor frente a las flechas y a las espadas enemigas y los volvía aún más locos y sanguinarios. Mordían sus escudos, desgarraban la poca ropa que llevaban encima y echaban espuma por la boca. Una auténtica locura.
No temían a la muerte. Incluso esta (su muerte), era un tanto peculiar. Se creía que estos guerreros, después de morir, iban al Valhalla. Sus cadáveres eran introducidos en barcas ardiendo y eran enviadas al mar y, si estos vikingos tenían mujer, ellas también acompañaban el cadáver en su viaje, clavándose una espada en el pecho. Esta era la cultura vikinga.